Los bates se han quedado en silencio. Las pelotas parecen llorar. El béisbol cubano despide hoy a uno de sus imprescindibles: Lázaro Junco, una de las figuras más queridas y respetadas de la historia de este deporte en la Isla.
Tras una prolongada enfermedad, falleció quien fuera símbolo de los Henequeneros de Matanzas y referente del equipo Cuba. Sin embargo, ni la enfermedad ni el paso del tiempo podrán borrar el legado de aquel bateador formidable que hizo historia a fuerza de cuadrangulares y entrega.
El presidente del INDER, Osvaldo Vento Montiller, junto a la Federación Cubana de Béisbol y las instituciones del movimiento deportivo nacional, expresaron su profundo pesar por tan sensible pérdida y trasladaron sus condolencias a familiares, amigos y seguidores.
Un ídolo que trascendió generaciones
Al gigante de ébano nacido en el municipio matancero de Limonar hay que recordarlo como lo que fue: uno de los peloteros más admirados por la afición cubana. Hoy, miles de seguidores sienten como propia la partida de un hombre que representó la humildad y la grandeza dentro y fuera del terreno.
Resulta imposible olvidar aquella mañana de diciembre de 2015 en el estadio Victoria de Girón. Una delegación de estrellas de las Grandes Ligas compartía conocimientos con niños y jóvenes cubanos en una clínica deportiva organizada en Matanzas.
Entre los invitados figuraban nombres de la talla de Clayton Kershaw, Miguel Cabrera, José Dariel Abreu, Yasiel Puig, Alexei Ramírez, Brayan Peña, Nelson Cruz y Jon Jay. También participaban leyendas del béisbol cubano como Félix Isasi, Evelio Hernández, Pedro Medina, Rosique y Rodolfo Puentes.
Sin embargo, el momento más emocionante de la jornada no estuvo protagonizado por ninguno de ellos.
El día en que el pueblo reclamó a Junco
De repente, un coro ensordecedor comenzó a bajar desde las gradas:
—¡Junco! ¡Junco! ¡Junco!
La práctica se detuvo. Los bates dejaron de sonar. Las pelotas dejaron de volar. Todo el estadio fijó su atención en una sola persona.
Los aficionados habían descubierto entre la multitud a Lázaro Junco y exigían su presencia en el terreno. Y tenían razón. Si las estrellas brillaban aquella mañana, el firmamento estaba incompleto sin quien se convirtió en el primer pelotero cubano en conectar más de 400 jonrones en Series Nacionales.
Ante la ovación, Junco descendió al terreno con la modestia que siempre lo caracterizó. Allí recibió el reconocimiento de dos miembros del Salón de la Fama de las Grandes Ligas, Joe Torre y Dave Winfield, quienes lo abrazaron y le entregaron una camiseta de la MLB.
Sin ceremonias ni protagonismos, se colocó la camiseta y fue directamente a compartir con los niños, que ya extendían sus manos buscando el saludo de su ídolo.
Era simplemente Junco.
Un bateador irrepetible
Su carrera estuvo marcada por la consistencia y el poder. Lideró el departamento de jonrones en 11 de las 18 temporadas que disputó con los equipos matanceros, una hazaña difícil de igualar en la historia del béisbol cubano.
También dejó huella con la selección nacional. En el Campeonato Mundial de La Habana 1984, el mentor Pedro Chávez le confió una responsabilidad enorme al enviarlo como bateador emergente por el legendario Antonio Muñoz. Junco respondió como acostumbraba: conectando un batazo enorme contra la cerca del jardín central.
Siempre cumplía.
Amor incondicional por Matanzas
Lázaro Junco también brilló como formador de talentos. Fue profesor en la EIDE de Matanzas y trabajó en los colectivos técnicos de los equipos provinciales en Series Nacionales, transmitiendo su experiencia a nuevas generaciones.
Su amor por Matanzas fue tan profundo que, pese a haberse formado como pelotero en La Habana mientras estudiaba Química y contar con posibilidades reales de jugar para Industriales, decidió regresar a su tierra natal para vestir el uniforme de Citricultores bajo la dirección de Sile Junco.
Tampoco olvidó jamás su primer cuadrangular, conectado nada menos que frente a uno de los grandes lanzadores de su época: Orlando Figueroa.
Una leyenda que vivirá para siempre
Con su andar pausado, su humildad inquebrantable y su inmenso talento, Lázaro Marino Junco Neninger conquistó el cariño de un país entero. Desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí, Cuba aprendió a admirar a aquel hombre sencillo que se convirtió en leyenda.
Hoy su ausencia duele. Pero su historia, sus jonrones y su ejemplo permanecerán vivos para siempre en la memoria del béisbol cubano.
Porque los grandes nunca se marchan del todo.
Y Lázaro Junco seguirá bateando eternamente en el corazón de su pueblo.
Tras una prolongada enfermedad, falleció quien fuera símbolo de los Henequeneros de Matanzas y referente del equipo Cuba. Sin embargo, ni la enfermedad ni el paso del tiempo podrán borrar el legado de aquel bateador formidable que hizo historia a fuerza de cuadrangulares y entrega.
El presidente del INDER, Osvaldo Vento Montiller, junto a la Federación Cubana de Béisbol y las instituciones del movimiento deportivo nacional, expresaron su profundo pesar por tan sensible pérdida y trasladaron sus condolencias a familiares, amigos y seguidores.
Un ídolo que trascendió generaciones
Al gigante de ébano nacido en el municipio matancero de Limonar hay que recordarlo como lo que fue: uno de los peloteros más admirados por la afición cubana. Hoy, miles de seguidores sienten como propia la partida de un hombre que representó la humildad y la grandeza dentro y fuera del terreno.
Resulta imposible olvidar aquella mañana de diciembre de 2015 en el estadio Victoria de Girón. Una delegación de estrellas de las Grandes Ligas compartía conocimientos con niños y jóvenes cubanos en una clínica deportiva organizada en Matanzas.
Entre los invitados figuraban nombres de la talla de Clayton Kershaw, Miguel Cabrera, José Dariel Abreu, Yasiel Puig, Alexei Ramírez, Brayan Peña, Nelson Cruz y Jon Jay. También participaban leyendas del béisbol cubano como Félix Isasi, Evelio Hernández, Pedro Medina, Rosique y Rodolfo Puentes.
Sin embargo, el momento más emocionante de la jornada no estuvo protagonizado por ninguno de ellos.
El día en que el pueblo reclamó a Junco
De repente, un coro ensordecedor comenzó a bajar desde las gradas:
—¡Junco! ¡Junco! ¡Junco!
La práctica se detuvo. Los bates dejaron de sonar. Las pelotas dejaron de volar. Todo el estadio fijó su atención en una sola persona.
Los aficionados habían descubierto entre la multitud a Lázaro Junco y exigían su presencia en el terreno. Y tenían razón. Si las estrellas brillaban aquella mañana, el firmamento estaba incompleto sin quien se convirtió en el primer pelotero cubano en conectar más de 400 jonrones en Series Nacionales.
Ante la ovación, Junco descendió al terreno con la modestia que siempre lo caracterizó. Allí recibió el reconocimiento de dos miembros del Salón de la Fama de las Grandes Ligas, Joe Torre y Dave Winfield, quienes lo abrazaron y le entregaron una camiseta de la MLB.
Sin ceremonias ni protagonismos, se colocó la camiseta y fue directamente a compartir con los niños, que ya extendían sus manos buscando el saludo de su ídolo.
Era simplemente Junco.
Un bateador irrepetible
Su carrera estuvo marcada por la consistencia y el poder. Lideró el departamento de jonrones en 11 de las 18 temporadas que disputó con los equipos matanceros, una hazaña difícil de igualar en la historia del béisbol cubano.
También dejó huella con la selección nacional. En el Campeonato Mundial de La Habana 1984, el mentor Pedro Chávez le confió una responsabilidad enorme al enviarlo como bateador emergente por el legendario Antonio Muñoz. Junco respondió como acostumbraba: conectando un batazo enorme contra la cerca del jardín central.
Siempre cumplía.
Amor incondicional por Matanzas
Lázaro Junco también brilló como formador de talentos. Fue profesor en la EIDE de Matanzas y trabajó en los colectivos técnicos de los equipos provinciales en Series Nacionales, transmitiendo su experiencia a nuevas generaciones.
Su amor por Matanzas fue tan profundo que, pese a haberse formado como pelotero en La Habana mientras estudiaba Química y contar con posibilidades reales de jugar para Industriales, decidió regresar a su tierra natal para vestir el uniforme de Citricultores bajo la dirección de Sile Junco.
Tampoco olvidó jamás su primer cuadrangular, conectado nada menos que frente a uno de los grandes lanzadores de su época: Orlando Figueroa.
Una leyenda que vivirá para siempre
Con su andar pausado, su humildad inquebrantable y su inmenso talento, Lázaro Marino Junco Neninger conquistó el cariño de un país entero. Desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí, Cuba aprendió a admirar a aquel hombre sencillo que se convirtió en leyenda.
Hoy su ausencia duele. Pero su historia, sus jonrones y su ejemplo permanecerán vivos para siempre en la memoria del béisbol cubano.
Porque los grandes nunca se marchan del todo.
Y Lázaro Junco seguirá bateando eternamente en el corazón de su pueblo.

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