Foros / Serie Nacional de Béisbol
Dany Miranda: hasta el ultimo out
Tomado de Granma
Dany Miranda Agramonte se fue como vivió: en silencio, con la frente en alto y el guante puesto en algún rincón del alma. Falleció en la noche de este domingo, pero quienes lo conocimos sabemos que hacía años jugaba su propia Serie Nacional contra un enemigo sin uniforme, sin número, sin estadísticas: un tumor gigante que le fue extirpado en 2019, en el Centro de Operaciones Médico-Quirúrgicas de La Habana.
Dany Miranda fue campeón olímpico en Atenas 2004. Fue uno de esos inicialistas defensivos que hacen que el beisbol parezca fácil: la estirada, el corte, la inteligencia para leer el batazo antes de que el bate besara la pelota. Pero también fue algo más raro: un hombre que, según él mismo repetía, era feliz. Y también inconsciente. Más inconsciente que feliz, tal vez. Pero él lo decía con esa sonrisa de quien ha visto la gloria y también el abismo.
«Soy feliz», afirmaba. O «estoy feliz», precisaba, como si el verbo ser fuera demasiado pesado para cargar con la dicha. Y tenía razones profesionales para decirlo: dirigió a los Tigres de Ciego de Ávila a la corona de la III Liga Élite del Beisbol Cubano. Ese título, para un hijo de Chambas, valía más que cualquier medalla. Porque era su tierra. Porque los Tigres son su gente. Porque el beisbol avileño le debe mucho más de lo que sus estadísticas pueden reflejar.
Dany Miranda también convivía, calladamente, con un enemigo silencioso, aunque después de la operación se repuso, como hacen los guerreros, los hombres guapos de verdad. Como un bateador que espera el error, el mal fue robándole movilidad, fuerzas, días. Hasta poner en riesgo su existencia. Y él, fiel a su naturaleza inconsciente, siguió dirigiendo, sonriendo, yéndose a los entrenamientos cuando otros ya se habrían rendido.
Dejó sobre el terreno números que ningún olvido podrá borrar: durante doce temporadas en la Serie Nacional, firmó una línea ofensiva de .290 de average, .376 de embasado y .428 de slugging, con 124 dobles, 36 triples, 88 jonrones y 542 carreras impulsadas, con el don de jugar todas las posiciones, incluso lanzar en algunas ocasiones.
Se va quien, alguna vez, fue el mejor inicialista defensivo de su generación. Jugó hasta que pudo, porque, quizá, ya había aprendido la lección más dura del beisbol: que al final, como en la vida, no se gana siempre. Pero se juega hasta el último out. Y él jugó. Jugó hasta que pudo
Dany Miranda Agramonte se fue como vivió: en silencio, con la frente en alto y el guante puesto en algún rincón del alma. Falleció en la noche de este domingo, pero quienes lo conocimos sabemos que hacía años jugaba su propia Serie Nacional contra un enemigo sin uniforme, sin número, sin estadísticas: un tumor gigante que le fue extirpado en 2019, en el Centro de Operaciones Médico-Quirúrgicas de La Habana.
Dany Miranda fue campeón olímpico en Atenas 2004. Fue uno de esos inicialistas defensivos que hacen que el beisbol parezca fácil: la estirada, el corte, la inteligencia para leer el batazo antes de que el bate besara la pelota. Pero también fue algo más raro: un hombre que, según él mismo repetía, era feliz. Y también inconsciente. Más inconsciente que feliz, tal vez. Pero él lo decía con esa sonrisa de quien ha visto la gloria y también el abismo.
«Soy feliz», afirmaba. O «estoy feliz», precisaba, como si el verbo ser fuera demasiado pesado para cargar con la dicha. Y tenía razones profesionales para decirlo: dirigió a los Tigres de Ciego de Ávila a la corona de la III Liga Élite del Beisbol Cubano. Ese título, para un hijo de Chambas, valía más que cualquier medalla. Porque era su tierra. Porque los Tigres son su gente. Porque el beisbol avileño le debe mucho más de lo que sus estadísticas pueden reflejar.
Dany Miranda también convivía, calladamente, con un enemigo silencioso, aunque después de la operación se repuso, como hacen los guerreros, los hombres guapos de verdad. Como un bateador que espera el error, el mal fue robándole movilidad, fuerzas, días. Hasta poner en riesgo su existencia. Y él, fiel a su naturaleza inconsciente, siguió dirigiendo, sonriendo, yéndose a los entrenamientos cuando otros ya se habrían rendido.
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